sábado, enero 28, 2006

LA OVEJITA SABIA


En medio del monte pastaba una ovejita joven junto a su rebaño y bajo la atenta mirada de un pastor.

Era mediodía, el sol iluminaba la hierba y un trozo de espejo que alguien había arrojado indolentemente sobre los pastizales. La ovejita, accidentalmente, dio con su hocico en el espejo. En ese momento ocurrió algo inesperado: la ovejita se vio a sí misma por primera vez.

- Menuda cara de tonta tengo- se dijo. Este pensamiento crítico de su naturaleza, la llevó a pedir un deseo: "Ojalá fuera sabia y mi cara reflejase un gran conocimiento de la vida.".

El resto del día, la ovejita siguió rumiando y pensando en que si fuese sabia podría tenerlo todo: salud, bienes y amor.

No obstante, como era de memoria corta, olvidó rápidamente aquel incidente y siguió su existencia de oveja sin más.

Extrañamente desde aquel momento, y sin que ella pudiese relacionar un hecho con otro, le empezaron a ocurrir desgracias.

Un día, sus lanas se quedaron atrapadas en una alambrada de púas. Tanto tiró de su cuerpo para zafarse de las púas que se hizo una herida en la piel y padeció grandes dolores. Finalmente, el pastor tuvo que acudir a rescatarla. Sacó como conclusión que debía mantenerse alejada de cualquier pincho y que los pastores, como las madres, estaban en el mundo para socorrerla.

Otro día, dándose un banquete de rastrojos, olvidó seguir al rebaño. Vino, entonces, el perro pastor a buscarla con gran escándalo de ladridos y dándole algún que otro hocicazo para reconducirla al redil. Después la castigaron encerrándola un día sin comer. Aprendió que los despistes se pagaban caros y que el redil tenía alguna importancia estratégica.

Otro día, tropezó con una piedra y se cayó en un riachuelo. Casi se ahoga, pero por fortuna pudo salir del agua a tiempo, totalmente empapada y pasando mucho frío. Aprendió que hay que mirar bien por donde se camina y que era útil saber nadar.

Otro día, se le cayó al pastor un trozo de pan de la alforja, y ella fue rauda y decidida a ver qué era aquello; pero antes que pudiera hincarle el diente, el pastor le dio un manotazo que le dejó la mandíbula algo desencajada. Aprendió que lo ajeno, sin permiso, no se toca.

Y así un día y otro día, un incidente tras otro; lo cual le hacía sentirse muy desgraciada. Lo único que la reconfortaba era instruir a los corderitos más jóvenes sobre estos avatares, porque ella quería evitar a toda costa que la "animalidad ovejuna" sufriese sus mismas penurias.

Rápidamente, corrió el rumor por el rebaño que había una oveja que lo sabía todo sobre la existencia y la llamaron la "ovejita sabia". Sólo entonces recordó su deseo, el que había pedido mirándose al espejo. Decidió entonces volver a mirar su rostro de oveja. Para ello se acercó a una charca que había muy cerca de donde degustaba unos hierbajos y pudo ver al instante su reflejo. El espejo del agua le devolvió su imagen. Vio que sus ojos se habían vuelto brillantes y expresivos; indudablemente ya no era una oveja tonta. Concluyó también que cuanto más sabia era, más costosa era su sabiduría porque, casi siempre, surgía de algún doloroso acontecer y pensó que había errado al pedir el deseo de ser sabia.

- Quisiera ser simplemente rica y así no tener que rendir cuentas a nadie- pensó esta vez, junto a la charca.

Al caer la noche, de camino al corral; escuchó que el pastor hablaba a los perros que iban a su vera.

- Os advierto gañanes, que alguno de vosotros va a acabar en el paro; sólo coméis y dormís y ninguno me habéis advertido sobre la presencia del lobo que estuvo merodeando por aquí la noche pasada. Voy a mandar a esa ovejita -que dicen que es sabia- a buscar al lobo. Seguro que lo consigue porque vale su peso en oro. Ciertamente, tengo con ella todo un tesoro. Quizá, la podría vender.....mmmm.

Inmediatamente, las palabras del pastor hicieron a la ovejita imaginarse su venta al mejor postor y desde aquel anochecer decidió no seguir deseando tanto.©2006 Andrea Recol

viernes, enero 20, 2006

LA RATITA INFELIZ

En una empresa que se dedicaba al movimiento de papel, trabajaba una ratita muy infeliz. Era infeliz porque nunca había podido llegar a ser jefa. Ni tan siquiera se le había llegado a asignar a una ratita becaria a quien mandar.

Pero ésa no era única razón de la infelicidad de la ratita.

Como nunca había querido realmente a nadie, tampoco tenía pareja, ni hijos, ni verdaderos amigos. En el mundo sólo le quedaba su madre que convalecía en una residencia de ancianos y con la que no se llevaba muy bien. Incluso su mascota preferida -una pulga que había trabajado en un circo- la única que la esperaba cuando volvía a casa tras la jornada laboral, había muerto. Desde entonces, prefería no llegar a casa o, llegar a casa tan sólo a dormir.

Su jefa, la ratita ejecutiva, le mandaba más y más trabajo que le obligaba a permanecer largas horas en la oficina. Eso le disgustaba mucho porque su trabajo era muy aburrido: empleaba todo el día en mover papeles, de una mesa a otra mesa, de una oficina a otra y, en hablar con otros, para que otras ratitas movieran papeles en otros departamentos.

Ella no se daba cuenta que, dado su estado de permanente infelicidad, una nube negra flotaba sobre su cabeza amenazando tormenta allí por donde iba. Por ello, en cuanto sus compañeras ratitas la veían asomar por un pasillo, salían huyendo (lógicamente, nadie quería que le cayese un rayo).

Tampoco percibía la ratita que estaba presa dentro de una "situación bucle", que hacía que como ella arremetía contra todos los que estaban a su alrededor, muy frecuentemente ella era el blanco de todo tipo de agresiones. Aparecían anónimos sobre mesa diciendo: "Eres una rata asquerosa" o, le pinchaban las ruedas del su coche o, simplemente, la condenaban al ostracismo.

La que sí sabía la ratita era que, con tanto disgusto, su salud se resentía. Debía hacer algo que le ayudase a ser menos infeliz y a no sucumbir.

Un día, al caer el sol, cuando ya se marchaba a casa, se encontró en un pasillo a la señora de la limpieza. Observó que cuando la ratita limpiadora fregaba el suelo, salía algo de espuma y de ahí concluyó que la empresa gastaba demasiado dinero en jabón. "¡Oh!" -pensó-" tengo una brillante idea; crearé un procedimiento para ahorrar en productos de limpieza."

Rápidamente la ratita infeliz recobró el ánimo. Sin decir nada a nadie, se puso duramente a trabajar en el procedimiento y en cuanto hubo acabado de redactar trescientos folios, llamó al dueño de la empresa que prestaba el servicio de limpieza. Le anunció, al buen señor, con tono amenazador que a partir de ese momento ya no se haría el trabajo tan mal como se había venido realizando y que, por fin, habría orden y ahorro en el servicio de limpieza. Esta reunión fue para la ratita infeliz una inyección de adrenalina: había conseguido someter a alguien y esas ratitas inferiores iban a saber quién era ella.

El dueño de la contrata no tenía otra posibilidad que acatar las órdenes porque el departamento para el cual trabajaba la ratita infeliz, era el encargado de supervisar su servicio. Por ello, también creyó erróneamente que la idea del procedimiento venía de la jefa de la ratita infeliz, la ratita ejecutiva.

El procedimiento era tan complejo y engorroso que no había quien lo entendiese. Lo único que sí se entendía era que los detergentes sólo se podían comprar una vez al año en una ínfima cantidad. No pudiendo negociar las condiciones con nadie y habiendo escuchado, una y otra vez del hocico de la ratita infeliz, la frase de: "Son lentejas, o las tomas o las dejas" dio instrucciones en su empresa para se siguiese el nuevo procedimiento.

Al poco tiempo cuando se hubo acabado el jabón, las limpiadoras empezaron a fregar sólo con agua y la falta de brillo se empezó a notar.

Una mañana, el Gran Jefe notó que los cristales de su ventana estaban algo empañados y como le molestaba no poder ver el sol con claridad, llamó a su secretaria para preguntarle el por qué de la suciedad. Entre las ratitas subordinadas hacía mucho que se sabía cuál era el origen del problema. Así que la ratita secretaria le explicó a su jefe lo que ocurría.

- Creo que el problema está en que con el nuevo procedimiento, no hay suficiente jabón para limpiar, así que la empresa de limpieza limpia sólo con agua.
- ¿Qué nuevo procedimiento?
- El del departamento de compras.

Tirando del hilo, llegaron hasta la ratita infeliz a quien el Gran Jefe mandó a llamar inmediatamente. En cuanto la ratita infeliz supo quien la mandaba a llamar; se sintió flotando en una nube. Pensó que finalmente, después de tanto esfuerzo, se reconocería su labor. De camino al gran despacho, se decía: "Por tus obras te conocerán" llena de júbilo y se imaginaba siendo nombrada jefa para supervisar a todas las demás ratitas tontas e inferiores.

Le abrió la puerta del gran despacho, la ratita secretaria, la cual, sabiendo lo que acontecería, esbozaba una tenue sonrisa en su rostro. Dentro, la ratita infeliz, se encontró tras una mesa a una gran rata, gorda, con largos bigotes y los ojos inyectados de ira.




- Sra. López, no es usted, precisamente, la encargada en esta empresa de quitarme la vista del sol por las mañanas. Está usted despedida. Coja sus cosas y váyase ahora mismo- se limitó a decirle el Gran Jefe y la mandó a salir sin dilación de su despacho.

Tras su marcha de la empresa, los demás empleados se fueron a un bar a celebrar el feliz acontecimiento; ya no tendrían que aguantar más la desgracia insolente de la ratita infeliz.©2006 Andrea Recol

viernes, enero 13, 2006

LA CUCARACHA Y LA HORMIGA


En las catacumbas de la ciudad tras las Navidades, se aproximaba la parte más cruda del invierno y la conocida "cuesta de enero". Eran vecinas una cucaracha y una hormiga.

La hormiga (como en el cuento de La Cigarra y la Hormiga) era muy trabajadora. Temerosa del futuro, había conseguido guardar, tras las fiestas, trocitos de turrón, polvorones y hasta una cuantas gambas que tenía en la parte más fría de su cueva. La cucaracha, en cambio, no temiendo el mañana, comía y bebía lo que diera el día sin preocupación de ahorrar nada. Tras la jornada laboral ambas frecuentaban una vieja taberna. Sorbiendo una cañita, fresca como el agua, departían con el tabernero al caer la tarde.

- No sé por qué te preocupas tanto -decía la cucaracha a la hormiga-. Todo es mucho más simple de lo que tú piensas. Si hay, se come más y se engorda y si no hay, no se come y se adelgaza.

- Yo no puedo vivir así cucaracha. Ésa filosofía de vida va en contra de mi naturaleza. He de mantener a mi familia y prefiero guardar por lo que pueda ocurrir.

- Ni lo uno, ni lo otro -decía el tabernero- no se puede vivir siempre acongojado por el mañana, pero tampoco se debe despilfarrar.

En eso estaban cuando entró la mariquita (como habréis descubierto ya, todos estos insectos protagonizaron la exitosa película de Pixair"Bichos"), que vendía lotería. Era muy conocida en las catacumbas por su capacidad de cambiar el destino de sus habitantes.

- ¡Traigo la suerte!, ¡traigo la suerte!- exclamaba la mariquita.

La cucaracha decidió inmediatamente utilizar las últimas monedas que le quedaban para comprar dos décimos. El tabernero compró un décimo y la hormiga ninguno.

- Compra al menos uno -le recomendó el tabernero.

- Sacarte la lotería es más difícil que te parta un rayo en una noche de tormenta. Además, ¡qué locura! En plena cuesta de enero, eso es tirar el dinero.

- ¡Sandeces!, hormiga. Hay que vivir al día, que nunca se sabe lo deparará el mañana.

Pasaron los días y el tabernero y la hormiga empezaron a notar la ausencia de la cucaracha en la taberna. Por fin un día, el tabernero se enteró de lo que había ocurrido.

- ¡Se ha sacado la lotería!- le contó emocionado el tabernero a la hormiga-. Se ha marchado con su familia rumbo al Caribe. Me la imagino ya allí, bailando salsa, ¡la muy cuca!

La hormiga se sintió morir. Por una vez pensó que la cucaracha tenía razón: para ganar había que arriesgar. Ella, todo el día ahorrando para vivir a duras penas y, en cambio, la viciosa parásita además de pasárselo bien y no ahorrar nada, era bendecida por la suerte.

- No es justo- dijo la hormiga al tabernero.

- Uy, amiga, creo que cada uno tiene la naturaleza que tiene y su propio sino. Dejemos a la cucaracha en paz, que disfrute de lo que le ha regalado la suerte y nosotros a lo nuestro, que la existencia en el planeta está organizada, aunque no lo parezca.

- Sí, pero no deja por eso de parecerme injusto.

- La vida es muy larga y nunca se sabe cuando vendrán curvas para los pobres, para los ricos y para los que estamos en el medio.

La hormiga se marchó esa tarde cabizbaja y con un nudo en la garganta. No podía quitarse de la mente la idea de que el destino era caprichoso. De camino a casa se encontró en un recoveco de la calle a la pobre mariquita que se protegía del frío con unos cartones y seguía vendiendo lotería.

- ¿Eres feliz?- Le preguntó la hormiga a la mariquita.

- Creo que el que no se conforma es porque no quiere. Siempre hay algún motivo para ser feliz y algún otro para ser desgraciado. Pero esa forma de pensar, muchas veces no depende de ti, sino de tu naturaleza. Es lo que tiene la naturaleza...que es muy suya.

Las palabras de la mariquita no sirvieron para mitigar la pena de la hormiguita que en cuanto llegó a casa se tumbó con el alma adolorida por los reveses del devenir. Su familia, que era muy numerosa, trató de consolarla pero tampoco tuvo éxito. Él que sí pudo aplacar su dolor fue el tiempo, que en estos menesteres es un experto sanador. Pasaron los meses y la hormiguita se fue olvidando la historia de la cucaracha que se había sacado la lotería.

Mucho tiempo después, tras acabar su jornada laboral y aparcar su coche en el garaje, se encontró el cuerpo sin vida de la cucaracha tirado junto al ascensor. Gritó de espanto y rápidamente fue a llamar a los vecinos. Como la mayoría eran hormigas, tal y como mandaba la naturaleza, empezaron la disección del cuerpo que serviría de alimento a toda una colonia.

A los pocos días se enteró la hormiga que la cucaracha había vuelto del Caribe hacía muy poco tiempo y que la causa de la muerte había sido un ataque al corazón. De pronto también recordó la hormiga las palabras del tabernero: "La existencia en el planeta está organizada, aunque no lo parezca. "©2006 Andrea Recol

domingo, enero 08, 2006

¡Fiesta de Inauguración!



Estáis todos invitados a la fiesta de inauguración de mi otro blog. Un blog que he creado para que empecéis bien el año, aprendiendo inglés. Pincha aquí para ir a la fiesta.

Un gran abrazo a todos de Andrea

martes, enero 03, 2006

EL PAQUETE

Buscando yo fuentes de inspiración, abro al azar mi recién estrenado "Diccionario panhispánico de dudas" y leo "meter un paquete a alguien" . Recuerdo que muchas veces he escuchado esa expresión en el trabajo. Es de esas frases que se dicen, escupiendo por un colmillo y con ánimo de venganza, aludiendo a la posibilidad de que alguien (la Administración, generalmente) te imponga un castigo. Pero, jajajaja, como que doy cuenta que no; esta vez no es la Administración terrícola la que anda tras mis pies, sino la espacial.

Pues sí, yo creo que el Cosmos me mete unos paquetes de no te menees, en modalidad "todo incluido"; cargaditos de caquita y -para qué lo vamos a negar- después de las sesiones de tortura; algunos ratitos de risas y alegrías, como para compensar, no sea que la palmes antes de tiempo y no te toque toda tu cuota de sufrimiento.

En definitiva, se trata de que te dan la vida con un sello pegado en el cual se puede leer: "contrato unilateral; sin posibilidad de negociar condiciones". Porque, ¿se acuerda alguien acaso de haber negociado las condiciones? Yo no.

En mi condición de terrícola despistada y quizá consumidora altanera y cada día más exigente, siento que hay algo de perversidad en esa decisión del Cosmos porque ¿te hace acaso mejor ser humano el experimentar o conocer las guerras, los desastres naturales, el terrorismo, las violaciones de todo tipo, el maltrato, la discriminación, la violencia, la miseria, el hambre, las enfermedades, la explotación infantil, etc.? Ay, por Dios, qué alguien me lo diga; porque yo los beneficios no los veo por ninguna parte.

Si a alguien le interesa este mundo lleno de dolor (como hay gente para todo) que se apunte, como al gimnasio, que cada uno es libre de decidir el número de latigazos que buenamente quiera recibir. Yo, que quede claro, renuncio; me salgo; no quiero estas despellejadas que me dejan en carne viva.

Y en el ámbito privado o particular y de carácter más superficial; el Cosmos también va retorcidito. Porque veamos; sufro yo un ataque de tristeza, de esos de "Oh, por Dios, me hundo" y para curarme y restablecer el perdido equilibrio me cojo una mantita; una tableta de chocolate; a mi gata; al recién adquirido "Diccionario panhispánico de dudas" y nos tumbamos todos en la cama a ver una película de Brad Pitt.

El propósito es que vuelva la dopamina (qué no sé dónde carajos se ha marchado) a poner orden en mi cabezota compungida y rebelde. Y así, no veo la película por el buen guión o la trama, sino para ver si El Pitt sale con falda corta de romano y asoman sus muslos, al tiempo que sonrie y mira con ojos de animal en celo. Lo cual me lleva a la siguiente reflexión: si el Cosmos ha sido capaz de diseñar al Brad Pitt (y quien dice Brad, dice también Angelina Jolie, por poner un ejemplo) pues, digo yo, que algo de bueno debe de tener. Igual que se inventó el cacao para compensar desequilibrios químicos del cuerpo; o a los animales de compañía que tienen grandes poderes curativos para el alma de los solitarios; o, al Diccionario panhispánico de dudas (que sí lo hicieron los hombres, pero antes hizo el Cosmos a los hombres). Indudablemente, ahí, con esas creaciones estuvo el Cosmos sobrado de benevolencia y buen hacer.

Pero, ¡oh, espanto! Inmediatamente asoma la perversidad. Sí, sí, se inventó al Pitt y a todos los macizorros del planeta, pero "son de mirar y no tocar"; se inventó el cacao pero también el hecho que por cada mordisco de la tabletita afloren 3.500 calorías que van directamente a engrosar la barriga o las pistoleras amenazando con convertirte en la Venus de Lespugue; a la gatita de mi alma que luego va y se arregla las uñas en mi silloncito nuevo y lo deja listo para ser recogido por el Ayuntamiento como residuo doméstico. Y la mantita, ¡horror! Abriga, pero no me habla, con lo cual le puedo agradecer su calor, pero no sus palabras. Menos mal que al Diccionario panhispánico de dudas no le veo muchas pegas, salvo que es un poquito frío.

Comprenderán ahora que yo lo que quiero es "un paquete a medida", ¡narices!, con Brad Pitt de ver y tocar; el chocolate que no engorde (pero, ¡ojo!, nada de sucedáneos, que entonces, es igual que traerse a casa un Mr Pitt de goma); los sillones anti-manicura de gato; una mantita mágica capaz de pegar la hebra conmigo y, como no, lo más importante: un mundo sin dolor.


(Nota: La expresión: "meter un paquete a alguien" no aparece en el "Diccionario panhispánico de dudas", sino en el "Diccionario de la Lengua Española" de la RAE. Pero, como estaba tan contenta con mi compra, metí al Panhispánico, para por una vez sea yo la que cambie los hechos y no el Cosmos.)

domingo, enero 01, 2006

IMPRIME EL MANUAL DEL ÁNGEL DE LA GUARDA EN PRÁCTICAS AL COMPLETO

EL MANUAL DE INSTRUCCIONES DE ANDREA RECOL
El Manual del Ángel de la Guarda en prácticas
©2005 Andrea Recol






















Advertencia: Esta obra está registrada en el Registro de la Propiedad Intelectual de la Comunidad de Madrid



















A Daniel, para cuando pueda y quiera leerlo.

A todos aquellos que sufren con la esperanza de aliviar su dolor.


























Agradecimientos

Considero que todas las obras, aunque aparezcan firmadas por un sólo autor, son en realidad el trabajo colectivo de muchas personas. Este libro no es una excepción; se lo debo a muchísima gente que me ha enseñado las partes buenas y malas de la vida. Siempre que uno quiere hacer una mención especial a estas personas, sobre todo cuando son muchas, corre el riesgo de omitir a alguien. A mi juicio, un terrible error, ya que para mí, todos se merecen una dedicatoria única. Al fin y al cabo, aunque sus contribuciones sean de muy diversa índole, todas han sido necesarias para lograr el resultado final. Desde ya pido disculpas para algún inconsciente olvido.

A mis padres por el esfuerzo y amor que me han dado; a mis hermanos a los que siempre tengo por buen ejemplo; a Mark por concederme con mucha generosidad el tiempo necesario para dedicarme al placer de escribir; a Carolina, Chusa, Rosa y Rocío, sin cuya amistad hubiera sido más difícil vivir; a María José, Susana, Paloma, Pilar, José Luis y a todos aquellos con los cuales he convivido durante tantos años de trabajo y sin los cuales no hubiera aprendido muchas cosas buenas de la vida. A Federico, de una forma muy especial, por su enorme contribución a este libro (aunque sé que piensa que tal contribución es inexistente). A mi tío Ricardo, con gran cariño por haberme confirmado el hecho de que la vida puede ser extraordinaria si sabes reir. A todos la blogueros y, en especial, a: Almena, Bohemia, Caboblanco, Cerise, Chupitini, Claraboya (Brisa), Clo, Cristina, Consumidor Irritado, Darilea, Doc, Dockoff, Don Tonino, DoNuTTz, Efoox ,El Peligroso, Elisa, Grace, Grial, Hilario, Incondicional, Jartos, Javier Debe, Jim, Keyzy (Suzanne), Kuan, Ladina, Lanamberguan, Lullaby, Leodegundia, Lucas, María, Matías, Miguelón, Natalia (Cenicienta), Pedazo de Caos, Pijomad, Pilimindrina, Punto Débil, Solistra, Susy, Tastavins, Una Maruja en internet y Wolffo. Todos ellos, de alguna manera, me han animado a escribir, me han hecho pensar, reflexionar, reir, compartir y me han brindado momentos realmente maravillosos. A ellos mi más sincero agradecimiento. Finalmente a Luisa, mi enorme gratitud, para haberme dado el juego de llaves.





INDICE
0. Prólogo
1. El juego de llaves
2. La gallinita amistosa
3. El perrito guapo
4. El decálogo
5. El castor y el ciervo
6. El lorito feliz
7. El temible perro-hiena
8. Una oscura gatita y un monito muy listo
9. El cuaderno pasa de manos
10. Encajando la última pieza





0. Prólogo

Pienso que todo el mundo lleva un libro dentro. Algunas personas no se dan cuenta que lo tienen y que lo escriben a diario; otras no pueden escribirlo y otras no desean hacerlo. Yo sabía que lo tenía, pero me costó mucho dejarlo salir; estaba atragandado en mi falta de experiencia y confusión. Se me enredaban las palabras, las ideas, los mensajes, las jerarquías, en fin; el mundo entero. Por fin, un día alguien, sin ser plenamente consciente de ello, me dio un juego de llaves que abrió todas las puertas de las historias que estaban dentro de mí, con tanto vigor y decisión que finalmente me quedé convencida de que sólo podía ser éste mi relato y no otro. Ésa es exactamente la clave de todos los mensajes: Cuando las ideas cobran forma definitiva, se fijan en el papel y se quedan como una señal de tráfico que sólo puede ser vista (y algunas veces entendida) por quienes deseen circular por una determinada carretera.

Sólo me resta decir que hay muchas formas de ver la vida. Podemos pensar que es una canallada o, podemos pensar que es mágica y que cada día que vivimos es un milagro. Si optamos por esta segunda opción, hasta la muerte cobra sentido.

Madrid, noviembre de 2005

















1. El juego de llaves

Caía la tarde del domingo amenazando con la llegada de una infernal semana de trabajo. Era otoño, el viento silbaba fuera y yo me refugiaba tras un montón de planos en mi despacho. La luz era incierta.

- ¡Mamá, máma! Se nos ha caído la pelota en el patio del vecino-. Alex subía las escaleras que conducían hasta el ático empujado por la fuerza de la corta edad.
- Hemos tocado el timbre y no ha salido nadie- dijo un amigo de mi hijo que subía detrás de él.

Me quedé durante una fracción de segundo en blanco. Mi mente todavía estaba en el diseño de una biblioteca y en el lunes que se avecinaba difícil. Con la visión de los sonrosados rostros de los cuatro chicos que estaban ante mi, recordé de pronto que el vecino me había dejado un juego de llaves.

- Vale, vale. Tengo las llaves. Iremos a recoger el balón.

Bajamos las escaleras al trote. Los peldaños de madera crujieron. Cuando salimos fuera, el aire nos refrescó la cara y vi los colores profundos y sentimentales del otoño. Las hojas de los árboles dominaban el paisaje. En el suelo, la paleta era marrón, ocre y roja y en el cielo; azul pasado por nube. Me seguía una fila de chavales de entre ocho a nueve años.

La casa vecina era una construcción de los años cincuenta. Los dueños, tres hermanos, la tuvieron cerrada durante muchos años a la espera de que se resolviera el litigio sobre la herencia familiar. Hacía tan sólo un mes que la habían vendido y el nuevo propietario había decidido hacer obras. Un día tocó a mi puerta. Era un hombre muy alto, con el pelo gris, cincuentón.

- Hola. Soy su nuevo vecino. Verá, me gustaría que se quedara con un juego de llaves de mi casa. Vivo lejos de aquí. Estaremos en obras unos meses y por si pasa cualquier cosa...
- Sí, sí. Ningún problema. No se preocupe.
- ¿Su nombre es?
- Andrea. Andrea Recol.
- José Salazar. Encantado-. Me tendió la mano. Era una mano vigorosa y fuerte.
- Igualmente-.Le sonreí.

Me pareció un hombre muy amable. Cogí las llaves y las guardé en una caja de madera que tenía colgada en la pared, junto a la puerta principal de mi casa.

El patio de la casa del vecino tenía algunos árboles que habían sobrevivido al abandono que supuso la disputa familiar. Por lo demás, no había césped, ni plantas, sólo algunos hierbajos crecían sin concierto por todo el jardín. Un montón de materiales de construcción se encontraban apilados por varios sitios. Ladrillos, madera, bolsas de cemento.

Los niños corrieron con ímpetu hacia el balón que estaba junto a un árbol. Por unos segundos me sentí invasora. Nunca me gustó entrar en vivienda ajenas sin que los dueños estuviesen presentes. Cuando salíamos, tropecé con una piedra que asomaba entre las breñas.

Miré al suelo y vi junto a la piedra, un cuaderno de tapas color blanco crema, muy sucio y algo arrugado. Lo cogí, soplé el polvo que voló dejando una pequeña estela marrón a mi alrededor.

Era un cuaderno manuscrito con tinta azul y una caligrafía casi infantil.

Parecían historias. Dudé. No sabía si volver a tirarlo al suelo o, llevármelo. Los niños ya habían salido de la casa y estaban de vuelta en mi casa, jugando al fútbol. Pensé que lo mejor era guardarlo y dárselo al vecino cuando viniese a visitar la obra. El texto del cuaderno no parecía tener nada que ver con la reforma. Lo dejé sobre mi mesilla de noche para echarle un vistazo más tarde.


2. La gallinita amistosa

Aquella noche cuando me metí a la cama, abrí al azar el cuaderno y pude leer la siguiente historia:

"Estando yo en prácticas y sin saber qué hacer (aclaro, aquí en el Cosmos, como en la tierra, no te dan ni una instrucción, así que a aprender solito) se me ocurrió cuidar a una gallinita; por eso de que hay que empezar desde abajo para aprenderlo todo.

Era una gallinita muy joven y mona ella, aunque de una especie bastante común denominada "Gallinus Vulgaris". Esta gallinita tenía la maldita manía de querer hacer amiguitos con todo el mundo.

Un buen día a la gallinita se le ocurrió "hacer mundo" y salió a escondidas del gallinero donde vivía cómodamente con toda su familia. Quería entablar amistad con el al perro guardián de la finca. (Como se ve, le gustaba empezar por lo más alto...)

Viendo yo venir el peligro (aunque no lo creáis, el peligro se ve venir) agité mis alas -cual ventilador eléctrico ultrasónico- y me fui volando a despertar al perro que dormía plácidamente en su casa de madera frente a la casa del amo. Como soy invisible, le apreté la tripa fingiendo ser un dolor. Por San Perrus, el perro creyó que le había dado un retortijón así que salió flechado a hacer sus necesidades y, afortunadamente, cuando mi gallinita llegó a su casa se la encontró vacía.

Pero, casi fue peor el remedio que la enfermedad.

Al encontrarse vacía la casa de su "futuro amigo can" se sintió muy sola y con más ganas que antes de charlar y hacer amiguitos. Pensó entonces que quizá podría ser amiga de la cocinera, que se llevaba muy bien con el gato. Supuso la gallinita, que al igual que le lanzaba cabezas de pescados al gato en señal de amistad, a ella le lanzaría trigo directamente al pico. Así evitaría ella tener que esperar su turno en el gallinero y compartir plato con su familia y conocidos.

Feliz iba la gallinita, como en el cuento de la lechera, imaginando todo lo que lograría con la visita a la cocinera: una amistad, un poco de comida y grata conversación. Y yo desesperado pues sabía (no por revelación cósmica, sino porque la había visto cavilar en la cocina) que la cocinera no tenía una idea clara de qué plato preparía para la comida del mediodía.

Ágilmente me metí en los armarios de la cocina (que dicho sea de paso, qué dolor, porque no cabía) y lancé desde una estantería un paquete de lentejas. ¡Alas! Por San Concinerus, mi idea dio resultado porque al ver las lentejas sobre la encimera, la cocinera decidió sin más cual sería el plato del día. En eso estaba cuando apareció la gallinita toda contenta por la cocina a ver a su potencial amiga. A la pobre gallinita no le dio tiempo ni abrir el pico porque la cocinera la echó a escobazos. Bueno, al menos -pensé yo- no se le ocurrió hacer "pollo a la cazuela".

La gallinita salió como pudo de la cocina, perseguida también por el gato que no le gustaba que nadie se metiera en su territorio.

Llegó exhausta al gallinero, donde su madre la estaba esperando muy preocupada. La gallinita estuvo llorando varios días sin entender muy bien por qué la cocinera la había echado a escobazos. Los demás miembros de su gallinero le dijeron que no era recomendable juntarse con otros animales que no fueran de su misma especie. No obstante, la gallinita que era muy testadura, no se creía esta teoría y pensaba que era cuestión de insistir, que algún día haría amigos fuera de su gallinero.

Pasaron los días y las malas experiencias vividas se le fueron olvidando. De pronto, tuvo una "genial idea": Visitar el gallinero de al lado, donde vivían unas gallinas de raza "Gallinus Jetsetsus". A ella siempre le habían llamado la atención por sus plumas tan elegantes y las botitas que llevaban en las patas. Aprovechando una tarde en que estaba abierta la puerta, entró a hurtadillas en el gallinero contiguo al suyo.

De nada valieron las señales que le había mandado antes San Gallinus Vulgaris (que estaba conmigo aquí en el Cosmos) que le decían que las Jetsetsus no eran gallinas muy dadas a entablar conversaciones con las Vulgaris.

Viéndola yo entrar a ese gallinero me puse en huelga (so pena de que en el Cosmos se me tachara de ser tan inútil como el ángel de la guarda de la familia Kennedy). Hasta ahí podíamos llegar...que se las apañe ella solita -me dije.

Pero, claro, también uno es morbosillo (oye, eso que me queda de mi etapa humana) así que fui a mirar lo que ocurría; de brazos cruzados. Al principio, las Jetsetsus la miraron asombradas y como les picaba la curiosidad se acercaron. Viéndole su pinta vulgar, la más cabrona le dijo:

- ¿Bonito traje de plumas blancas llevas?

- ¿Te gusta? Pues a mi me gustan esas botitas que lleváis en las patas.
Hazte tú unas. Mira. Es fácil. Sí, sí, es muy fácil. Dile al perro que te depile y luego nos traes las plumas y nosotras te las pegamos en las patas. (Atrás se oyeron unas risitas de las otras gallinas Jetsetsus.)

- ¿De verdad?

Juro por San Gallinus Vulgaris, que cuando oí esto me dieron ganas de renunciar a mi puesto de trabajo en prácticas. Pero uno es de la naturaleza que es y no puede evitar seguir su instinto.

Saltándome a la torera "el principio de intervención mínima" me fui a ver al perro nuevamente. Cuando estuve cerca de él, lancé un palo hacia el gallinero de las Jetsetsus. El perro salió como loco tras el palo y se encontró con la puerta del gallinero abierta. Entró como un demonio a perseguir a las Jetsetsus y a mi gallinita.

Al final, la Jetsetsus cabrona se quedó con el trasero depilado y mi gallinita se salvó por los pelos porque llegó el amo (alertado por el alboroto) y sacó al perro del gallinero de un correazo.

Bueno y ahora que cada uno saque la moraleja que quiera, que yo estoy muy cansado. Esto de ser ángel en prácticas es cansa mucho.

Firmado el Ángel de la Guarda en prácticas."

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Ciertamente el cuaderno había llamado mi atención. Me dormí con un par de preguntas rondándome la cabeza: ¿a quién se le había ocurrido escribir semejante historia? ¿No era yo como la Gallinita Vulgaris?

3. El perrito guapo

Cada tarde cuando llegaba a casa después del trabajo, deseaba tumbarme en el sofá y leer el misterioso cuaderno de tapas blanco crema que había encontrado casualmente en casa de mis vecinos. Muy a mi pesar, mi rutina diaria solía impedirme la lectura. Tenía que ayudar a mis hijos con los deberes, hacer la cena, leerles algún cuento y esperar a que se durmieran. Después llegaba Fernando a casa, cenábamos y comentábamos escuetamente lo que había ocurrido durante el día. Cuando me acostaba, a eso de las once, estaba tan agotada que sólo podía dormir. Y ahí se quedaba el cuaderno, con sus tapas cerradas esperando a que desvelara sus secretos.

Los fines de semanas eran mi consuelo. Por fin, un sábado lluvioso de mediados de octubre, me levanté muy pronto, me preparé un café y me tumbé en el sofá del salón a leer la siguiente historia del angelito en prácticas.

" Como soy un poco vaguete, decidí alternar mi trabajo de cuidar a la gallinita con un sujeto pasivo que me diera menos trabajo. Me fui a un gran centro comercial (por eso de que hay una muchedumbre muy falta de cariño en los sitios de intercambio de bienes) y estuve mirando por aquí y por allá, a ver si me encontraba a alguien con buena estrella.

Justo cuando pensaba marcharme, vi que de una tienda de animales salía una señora, muy puesta, con un perrito. Era un cachorrito de pointer monísimo. La señora lo llevaba en sus brazos, como si fuera un bebé, y le miraba totalmente embelesada. Le eché un rápido vistazo al conjunto y pensé: "Tiene buena pinta. Este es guapo y va a casa con recursos. Como que me voy con él."

Así que les seguí. ¡Yupi! Me metí en el Land Rover, ¿qué digo Land Rover?, en realidad un nuevísimo super 4x4, me senté en el asiento trasero junto con el perrito. Como soy muy cotilla, miré en el maletero: Uy...bolsas del supermercado muy caro y de tiendas de esas llenas de ropa super a la última. Además, platito con nombre para el perrito guapo, su mantita, su correa con nombre.

Cuando llegamos a la casa, comprobé que no me había equivocado. Era la megacasa, toda decorada de revista y fuera un pedazo de jardín. ¿Qué digo jardín? Aquello era el bosque encantado, con hayas, robles, cipreses, verde césped, en fin, troncos para hacer pis por doquier. Me puse muy contento y entoné una canción: "Tralalala....que buena fortuna le espera a mi perrito guapo...tralala...que va a jugar por el bosque." Y a mí, a vivir que son dos días.

Durante algún tiempo mi trabajo consistió en protegerle de dos niños ¿qué digo niños? Dos monstruitos que lo acariciaban igual que los hipopótamos acarician a las flores del campo. Menos mal que mi perrito guapo aprendió rápidamente a defenderse y tras enseñarles los dientes a modo de drácula, los monstruitos le fueron cogiendo más respeto. También me ocupaba de que no se perdiera en el bosque. Poca cosa, porque era muy avispado mi perrito guapo. Mi perrito feliz y yo feliz.

Pero, el perrito guapo fue creciendo y un día se convirtió en adolescente-adulto. ¡Y se me acabaron las vacaciones!

Lo que en principio era una ventaja, a la larga se fue convirtiendo en un problema. Íbamos los dos a dar un paseo por la urbanización y de pronto, una fila de perritas detrás nuestro....¡Qué horror! Teníamos que correr de vuelta a casa. Y cuando nos acercábamos a un macho para hacer amigos, le gruñían y mostraban sus más afilados colmillos, por eso de que a nadie le gusta la competencia cuando le deja sin oportunidades.

Pero lo peor, no era la promiscuidad (con eso de que le perseguían, él se dejaba querer), ni que le costara hacer amigos. Lo peor fue lo engreído y vanidoso que se puso. Como todo en la vida le iba tan bien, no había quién le tosiera. Se creía el más listo, el más simpático, el más ingenioso, el mejor cazador, el más bello (para colmo, ganó varios trofeos de esos de pedigrí, que su dueña los tenía expuestos en el salón), el más, el más....

Lamentablemente, cuánto más guapo y listo él se veía, más feo y tonto lo sentía yo. Es lo que tiene, eso de ver el alma, eso de ver cuánto nos ciega la autocomplecencia, eso de saber que todo en esta vida es efímero.

Como sentía que yo sobraba, lo dejé. Unos años después, me enteré que mi perrito guapo murió muy solo y que aquí se había tomado la decisión de que en la siguiente reencarnación fuera sapo. Vaya aquí en el Cosmos no se andan con chiquitas...

Firmado Ángel de la Guarda en prácticas. "


4. El decálogo del ángel de la guarda en prácticas

El fin de semana siguiente pude volver a abrir el cuaderno del ángelito y me encontré con la siguiente nota interna:


"CIRCULAR CÓSMICA


DE: LA DIRECCIÓN

PARA: ÁNGELES DE LA GUARDA EN PRÁCTICAS QUE HAYAN SIDO, O SEAN: DEMONIOS, NO CREYENTES, CREYENTES, AGNÓSTICOS, ZEN, Y OTRAS SUBESPECIES ANÁLOGAS.

ASUNTO: PAUTAS DE COMPORTAMIENTO

FECHA: SIEMPRE
_______________________________________________________________
Para el buen funcionamiento de los servicios de guarda y custodia de los seres vivos del Cosmos, la Dirección ha decidido dictar ciertas pautas de comportamiento, dirigidas a ángeles en prácticas que aspiren a profesionalizarse.

Estas son la pautas de comportamiento que todo aspirante a ángel profesional deben conocer y seguir:

1. El trabajo de ángel de la guarda en prácticas es totalmente voluntario y se realiza a tiempo parcial en ratos libres. Mientras se está en prácticas, ningún ángel de la guarda se libra de ganarse el sustento (a no ser que la Dirección, de forma discrecional, decida lo contrario).

2. Los sujetos pasivos de la guarda y custodia, se deben escoger con arreglo a los siguientes criterios:

2.1. Se, actúa o interviene, a solicitud del interesado o por ofrecimiento voluntario del ángel en prácticas. En cualquiera de los dos casos, se debe procurar la afinidad con el custodiado porque en la gran mayoría de los casos, si no existe afinidad, no hay ayuda que valga.

2.2. El cuidado se realiza independientemente de la ideología, afiliación política o sindical, religión, creencia, sexo, nacionalidad, raza o especie del sujeto pasivo.

2.3. Todos los seres vivos tienen derecho a tener un ángel de la guarda en prácticas (y otro profesional), pero también son libres de no desear su ayuda. Así que, si os sentís que no conectáis, podéis desistir. En cambio, si sentís que os llaman, acudid sin demora.

2.4. Rige el principio de intervención mínima. Es decir, se interviene sólo en casos de inminente peligro, desesperación, accidente, desastres naturales o, caos.

2.5. La custodia debe consistir en que el custodiado no se derrumbe, caiga, o decaiga o, destruya su alma. Nunca debe consistir en dirigir la voluntad o, el destino de los custodiados.

2.6. La ayuda prestada siempre debe ser proporcional a vuestras fuerzas. Se trata de salvar a uno, no de que mueran dos, esto es, el proyecto de ángel y el custodiado.

2.7. Se deja a vuestra elección la forma de hacer llegar la ayuda: mensajes, humor, una manita, paz, tranquilidad, calma, cuidados intensivos, etc. No obstante, está absolutamente prohibido el uso de la fuerza, la violencia o la agresividad.

3. Los ángeles de la guarda no son justicieros. La justicia la imponemos aquí en la Dirección y cada ser a sí mismo.

4. Si un ángel hace todo lo que puede por ayudar y no tiene éxito, no hay que desmotivarse. El destino y la voluntad personal de los seres vivos tienen, generalmente, mucho más fuerza que cualquier ayuda.

5. Como tenéis los canales de comunicación cósmica obstruidos, aprendéis por experiencia, no por revelación. Así que, nada de creer que va a venir un ser superior a contaros de qué va la película. Para saber de qué va la película, hay que vivirla y eso, a veces, significa estar jorobadísimo.

6. Para que se abran los canales de comunicación cósmica, se aconseja la practica de la reflexión y la meditación. Se trata de aprender a leer signos de tráfico estelar, que para vuestras cabezas aturdidas son aún muy crípticos. Recordad: Sin reflexión no se llega a la yema del huevo, sólo nos quedamos en las cáscaras.

7. La posibilidad de hacerse invisible y traspasar paredes sólo se concede a discreción de la Dirección.

8. Hay asignados ángeles de la guarda profesionales para cuidar a los "en prácticas". Es así como se crean lazos.

9. No sois iluminados, ni adivinos. Cuidadito con creeros magos, jefecillos, jefazos o poderosos. Si lo hacéis, ya nos ocuparemos de daros una buena patada en el culo para despertaros a la realidad. Además os quedaréis, ipso facto, sin vuestra correspondiente paga de felicidad.

10. La titulación de ángel de la guarda profesional sólo se obtiene una vez superada la etapa de prácticas (cuya duración es indeterminada) y únicamente a discreción de la Dirección.

Como todos sabéis por experiencia, la recompensa por ser ángel de la guarda, es la felicidad.

Suerte y muchas gracias por intentar ayudar. Saludos.

Firmado el Cosmos

P.D.: Por favor, publicad también este anuncio en algún lugar visible en vuestro zona de actuación:

************************************************************************************************
SE NECESITAN ÁNGELES DE LAS GUARDA PARA PRÁCTICAS. PERFIL: INSTINTO DE CUIDAR A LOS DEMÁS. REMUNERACIÓN: FELICIDAD SEGÚN VALÍA. INTERESADOS CONTACTAR CON EL CIELO."
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La circular cósmica me recordó a una guía de comportamiento (no escrita) de mi empresa. La Dirección siempre se reserva muchas potestades y las prácticas nunca acaban.

Por otro lado, estaba segura de que tenía los canales de comunicación cósmica obstruidos, cada vez que intentaba conectar con el Cosmos, me salía un diablillo que interrumpía la comunicación. ¡Como para dedicarse a ser ángel en este mundo! -me dije- si con cuidar de mi familia ya tengo más que suficiente.


5. El castor y la cierva

En noviembre tuve unos días de vacaciones. Por fin, pude leer con calma este relato:

"Durante el tiempo en que cuidaba al perrito guapo, me gustaba saltar la valla de la casa y perderme en un bosque contiguo. Llegaba a un riachuelo de aguas frías y cristalinas y me sentaba sobre una roca para relajarme. La quietud del verdoso entorno me serenaba.

Un día observé a un castor, ya no muy joven, que trabajaba arduamente. Salía del agua, cortaba unos troncos con sus fuertes incisivos, los transportaba hasta río y se sumergía una y otra vez en el cauce. Nada le inmutaba. Era él y su misión. Pensé que, al contrario que yo, tenía las ideas claras. Decidí transformarme en un colorido pajarito para contactar con él y contagiarme de su espíritu.

- Señor castor ¿qué es lo que construye? Le pregunté trinando.

- Estoy reforzando mi casa. El agua silenciosamente desgasta la madera y es necesario cambiarla antes de que lleguen las heladas del invierno.

- Mire, yo necesitaba una ayudita. Quisiera que me dé consejos para saber cómo hacer un fuerte nido. Todavía no es el tiempo, pero quiero ser previsor. Quizá usted pueda enseñarme; como sabe tanto de ingeniería.

- Lo siento, parajito, no tengo tiempo. Tengo una familia a la cual atender y muchas tareas por hacer. Si me distraigo, no conseguiré mi objetivo. No es porque no te quiera ayudar, es que no puedo.

- Vale, vale. No le molestaré.

Sentí un pequeño desgarro dentro de mí. Afortunadamente, la herida cicatrizó enseguida porque mi alma era añosa y guardaba poderes curativos adquiridos tras muchas desgracias.

Desaparecí volando pero me quedé mirándolo extasiado desde la rama de un árbol. Entraba y salía del río. Con constancia, fuerza y disciplina, el castor iba consiguiendo su objetivo de reforzar su hogar. Aunque no quería saber nada de mí, pensé que era importante aprender algo de su comportamiento.

Cuando el castor estaba casi a punto de acabar su trabajo, sentí que una bala volaba por los aires. Se dirigía hacia una cierva que comía hierba tranquilamente muy cerca de donde yo me encontraba.

Cogí un tronco y lo interpuse entre la bala y el animal. Lamentablemente, el tronco sólo rozó levemente la bala y desvió tan solo unos centímetros su curso.

La cierva cayó herida. Me acerqué y pude comprobar que la herida no era seria y que en poco tiempo sanaría. La cierva se incorporó como pudo y comenzó a lamerse con vehemencia la llaga.

De alguna manera sintió mi presencia y quiso que me quedara a su lado. Así lo hice, pero con el paso de los días empezó a tener adicción a mi presencia. En realidad -me decía- tenía otros problemas mucho más graves que la herida de bala. Escuché todas sus quejas contra el Cosmos. Había sido abandonada por su pareja y creía que la vida había sido muy injusta con ella. Me fui a investigar a los archivos. Abriendo al azar cualquier página, leí en el Libro del Cosmos lo siguiente:

"Todo está unido. Lo que por un lado gritas por el otro lado resuena; lo que hablas lo escucha el vecino; lo que callas lo sabe tu enemigo y lo que haces o no haces, es finalmente conocido por el mundo. Si mientes, la verdad te da una bofetada en la cara dos segundos después de haberla faltado. El registro se lleva con detalle, se guardan nuestras acciones y omisiones; nuestros más terribles secretos y miserias y, mucho más tarde, cuando ya no te acuerdas de ellos, el Cosmos te los enseña. La creación se venga y la venganza sólo se excepciona por la jerarquía que gobierna todos los procesos. Pero cuando la jerarquía cede, todo el daño que has hecho vuelve sobre tí, con más fuerza, con más dolor..."

Volví a vestirme de pajarito para poder comunicarme con la cierva, simulé haberme caído de una rama y estar perdido y le pregunté:

- Señora cierva, ¿sabe dónde está el norte?

- No lo sé, pajarito. Estoy herida y ahora no puedo concentrarme en nada.

- Necesito ayuda. Verá. No sé si no encuentro el camino de vuelta a casa porque todavía no me he aprendido a volar bien o, es éste un castigo del cielo por haber desobedecido a mis progenitores. Usted ¿qué cree?

- No tengo ni idea, pajarito.

- No creo haber hecho nada malo y sin embargo estoy perdido.

- Yo también. Por eso ahora no tengo tiempo de concentrarme en otros problemas.

- Bien, bien. Discúlpeme.


Desaparecí volando y entonces pensé que el mundo está lleno de gente sorda.

Firmado Ángel de la Guarda en prácticas"


6. El lorito feliz

Después de llegar del trabajo, una noche pude leer:

"Cuando recibí la Circular Cósmica, sentí que tendría dificultad en aplicar el punto 2.5. que prohibe dirigir el destino de los custodiados. Yo tenía tendencia a dirigirlo. Quería que todos mis protegidos fuesen felices.

Por eso, mientras cuidaba del perrito guapo (que me dejaba mucho tiempo libre), recordé que en la tienda de animales donde lo compraron, había visto un lorito de plumaje rojo encendido y corazón alegre.

Cuando vi a mi lorito por primera vez, dormitaba en su jaula y sus ojos cerrados parecían los de un condenado a la horca que espera con resignación que se cumpla su cruel destino.

Tras ese primer encuentro, acudí varias veces a la tienda de animales, para ver cómo estaba. Finalmente, un día, un señor muy alto y fornido lo compró. Sin dudarlo ni un momento, decidí irme con ellos en el avión que los llevó rumbo a una cálida región de cielos siempre despejados.

Tras salir del avión, nos fuimos en coche hacia al parque zoológico donde mi Lorito iba destinado. Era un enorme jardín, con lagunas artificiales, palmeras, helechos, flores de intensos colores y verde hierba. El agua corría por todos los rincones y la atmósfera era templada y aromática. Un auténtico paraíso.

Pronto descubrí que mi lorito compartiría cartel, junto con otros pájaros, en un espectáculo denominado "The Sky Birds" y que el señor fornido sería su entrenador.

A mi lorito no le costó nada hacer los ejercicios que le enseñaba el cachas. Al fin y al cabo, sólo consistían en volar de un lado otro del auditorio al aire libre, a cambio de comida. Además, estaba muy contento. Podía volar casi todo el día por aquel enorme paraje y sólo por la noche tenía que volver a una jaula para dormir. Por otro lado, como era un poquito vanidoso, le encantaba que le aplaudieran así que hacía su trabajo con mucha alegría. Parecía que su destino no había sido tan cruel.

Al principio, aquello le pareció una bendición del cielo, pero con el paso del tiempo todo se transformó en un hábito y olvidó el valor de lo que le rodeaba. Ambicionaba más. Quería ser completamente libre y que nadie le dijiera cuándo, dónde y cómo debía volar.

Desde su llegada al zoo, había empezado a ver la vida como a fiesta y quería que nunca acabara. Por eso, por las noches cuando estaba en la jaula junto con otros pájaros, esperaba a que se durmiera el cuidador (que, por cierto, veía todos los sábados un programa en la Primera llamado "Esta noche fiesta") y comenzaba la juerga. Cogía alpiste y lo tiraba hacia arriba, dentro de la jaula para que lo otros pájaros lo cogieran al vuelo y bebía agua de vez en cuando (traducción patatas, panchitos y cerveza). Además cantaba alegremente: "Esta noche fiesta, esta noche fiesta.....samba..samba". El resto de los pájaros estaban encantados con el plumífero rojo y parlanchín que les animaba el cotarro como nadie.

Tras varios días de fiesta empezaron los problemas. Mi lorito feliz ya no quería actuar, ni tampoco el resto de los pájaros de su jaula. Estaban todos exhaustos por la falta de sueño.

El entrenador no comprendía lo que ocurría y empezó a preocuparse. Sabía que si los pájaros se negaban a volar, el espéctaculo se cerraría y él sería despedido. Había que investigar cuál era el motivo de la desgana y decidió entonces poner una cámara de vídeo que gabrara día y noche el comportamiento de las aves en las jaulas.

En pocos días el entrenador obtuvo la respuesta: Había un juerguista en la jaula principal que ejercía malas influencias sobre el resto del grupo. Lamentablemente, era el pájaro al que más quería por la alegría que llevaba consigo a todas partes y que a él también le había contagiado desde su llegada al zoo. No tuvo más remedio que apartarlo del resto y ponerlo solo en una jaula. Desafortunadamente, tras el castigo mi lorito siguió negándose actuar. Ya no era el cansancio, sino la tristeza de no poder celebrar una fiesta cada noche y carecer de compañía.

Dado que el aislamiento no conseguía que volviese a actuar, su domador (que era un psicológo de copete) optó finalmente por no sacarlo de la jaula en todo el día. Lo dejó simplemente de exposición. A partir de entonces la vida de mi lorito se limitó a ser observado por un montón de humanos, sobre todo bajitos, que intentaban inútilmente hacerlo hablar. Le decían: "Hola. Lorito cara de huevo" y todo tipo de sandeces, que sólo conseguían ponerlo más triste.

Con el tiempo, mi lorito empeoró. Era tanta su melancolía, que perdió el apetito y se negó a comer. El domador pidió que lo viera un veterinario, quien tras examinarlo, diagnosticó lo obvio; que mi lorito sufría depresión.

Mmmm..-me dije- es su naturaleza. Él sólo quiere ser libre. Cada uno tiene la naturaleza que tiene. Hace falta un Dios para cambiar la esencia de un ser vivo.

Como yo sabía que la vida de mi pobre lorito corría peligro, tenía que adoptar medidas drásticas. Tenía que liberarlo. Se me ocurrió utilizar el lenguaje de los signos. Sabía que el cachas hacía en coche, diaramente, el trayecto desde su casa al zoo. Me fui a ver si había algún cartel por la ciudad que me sirviera para mandarle un mensaje. Después de ver varios sobre bebidas alcohólicas, tabaco y móviles, encontré uno ideal para el fin que yo me proponía. Decía así:

"Compresas Bird. They make you fly. Be free."

(Traducción: Compresas Bird. Te hacen volar. Se libre.)

A la mañana siguiente cuando pasó en coche delante del anuncio de camino al zoo, le mandé el siguiente mensaje telepático: "Libera al lorito, libera al lorito, déjalo marchar." El cachas miró el cartel, y ¡cáspita!, se acordó repentinamente que su mujer la había encargado comprar un paquete de compresas. Pasó por un supermercado y las compró. Andá -me dije- qué estúpido soy. No sabe inglés.

Los días pasaban y mi pobre lorito al borde de la muerte. No me quedaba más remedio que hacerlo soñar. Esperé la llegada de la noche. Me fui a la casa del entrenador y me metí en su habitación mientras dormía. Le apreté un poquito el cuello (sin hacerle daño realmente, sólo quería que sintiera cierta opresión) y le pasé por la frente una pluma de loro. El fornido entrenador, se dio la vuelta en la cama y pude observar que sudaba. Se despertó, se levantó, se fue a la cocina, bebió un vaso de agua y volvió a la cama a dormir. Perfecto -me dije- mañana recordará la pesadilla.

Al día siguiente, antes de ir a las jaulas, se encontró con un compañero de trabajo con el que solía desayunar en la cafetería del zoo. Pude escuchar que el domador de mi lorito decía al otro:

- Tuve una pesadilla terrible anoche. Soñé que era un loro rojo y que tenía una cadena en el cuello que me oprimía. ¡Qué horror! Sangre, vómitos, destrucción, de too'. He decidido liberar al lorito ese que no quiere volar.
- ¿Tú estás loco? La Dirección te va a llamar la atención.
- Pero sí está más en el otro barrio que en éste.
- Pues en ese caso...

Esa misma tarde, mi lorito fue finalmente liberado por su entrenador. No sabía mi lorito que le esperaba una vida mucho más dura todavía. En cualquier caso, yo intentaría cuidar de él para que fuese feliz.


Firmado Ángel de la Guarda en prácticas "



7. El temible perro-hiena

Mucho tiempo pasó, hasta que pude leer, en calma.

"La casa de los amos del perrito guapo, era una casa con intensa actividad social, razón por la cual era frecuente la llegada de visitas.

En una ocasión apareció una señora amiga de la dueña de casa que traía consigo un pastor alemán. Venía a merendar. Vi desde una ventana salir al pastor del coche con cara de pocos amigos. Inmediatamente supe que aquel animal no era un valiente amigo del hombre, !sino una hiena! que se había disfrazado de perro para conseguir sus objetivos.

Las visiones de este tipo me desgastaban terriblemente. Aunque no me sirviera de mucho consuelo, en algún momento de mis prácticas comprendí que era precisamente esa sensibilidad la que me permitía levantar todos los velos. Y ciertamente, no me hizo falta más que una mirada a la profundidad de sus ojos para ver que tras esa aparente alma de can, había un poderoso carroñero.

Además, curiosamente, cada vez que me acercaba a él, salía repelido por una fuerza misteriosa que me empujaba hacia fuera y me hacía casi chocar contra las paredes. No obstante, comprobé que si lo seguía a cierta distancia la repelencia no hacia efecto.

La dueña del pastor le dijo a la dueña de mi perrito que quizás podrían jugar ambos en el jardín. En cuanto mi perrito vio al perro-hiena, salió corriendo y se escondió en la cocina. Prefirió escapar que enfrentarse a él. Ciertamente, de una ojeada y veloz comparación el resultado era a favor del pastor; el cual era al menos diez centímetros más alto y más ancho que mi protegido. Desafortunadamente, mi perrito guapo no pudo evitar el conflicto. Su ama tiró del collar que tenía en el cuello y lo llevó a regañadientes al jardín para que jugara con el pastor. El pastor, mientras tanto, esperaba inalterable la llegada del anfitrión.

Era obvio que el pastor había nacido para dominar e imponer sus ideas en todo, incluso en terreno ajeno, que rápidamente procuraba que fuera propio. En cuanto el pastor vio a mi perrito aparecer, salió como una bala hacia el césped y comenzó a olisquear y a mear todos y cada uno de los árboles que vio.

El comportamiento del perro-hiena irritó mucho a mi perrito que se puso a ladrar desesperadamente. Las dueñas cerraron el gran ventanal que daba al jardín así que no escucharon los ladridos. Mi perrito, preso del enfado, gruñó y le enseñó al pastor sus incisivos caninos. El otro respondió rápidamente con otro gruñido y otra muestra de caninos. Así estuvieron un buen rato, mirándose a la cara y marcando territorio, hasta que el pastor se acercó al trasero de mi perrito guapo y le dio un mordisco. Mi pobre perrito salió corriendo y se metió en su casita de madera. Ahí se quedó mientras el pastor se hacía el amo de los predios de mi perrito. Finalmente, cuando la visita de la dueña del pastor llegó a su fin, mi perrito pudo salir de su escondite.

Después de aquel mal trago, el devenir le dio a mi perrito otra oportunidad de combate. Yo pensaba: "Utiliza un tercero, utiliza un tercero" con la esperanza de que me oyera. Y parece que mi perrito me escuchó. Desde aquel desgraciado día en que tuvo el enfrentamiento con la hiena disfrazada de perro, mi perrito se dedicó a hacer una agujero en el jardín. Todos los días cavaba un poquito sin que nadie se diera cuenta. El socavón lo abría justo detrás de un trío de árboles que impedían la visión del césped.

Tras unas semanas, volvió a aparecer el temible perro-hiena con su dueña. Esta vez mi perrito se armó de valor y en vez de huir, salió a su encuentro y le dejó que nuevamente fuera a dejar su marca de orín en cada uno de los árboles. Mientras, mi perrito se fue a buscar a la gata que vivía también en casa y de la cual era muy amigo porque se habían criado juntos.

- Gatita- le dijo- te echo una carrera desde la puerta que da al jardín hasta el trío de arboles que está en el fondo. A ver quién gana.

A la gatita (que hasta entonces ignoraba por completo la visita del perro-hiena) le encantó el reto y acompañó a mi perrito hasta la puerta del jardín. Justo antes, mi perrito le advirtió la presencia del pastor alemán por si acaso prefería no disputar la carrera.

- Ni un problema - dijo ella- a ese tipo de perros los domino yo muy bien. Miau, miau, miau (traducción: jajaja).

Tal como habían acordado, comenzaron la carrera desde la puerta que daba al prado. En cuanto el pastor vio a la gatita, salió disparado tras ella. Mi perrito se quedó voluntariamente -creo- rezagado. Cuando la gata llegó al trío de árboles, trepó por uno de ellos hasta su copa y se sentó en una rama para disfrutar de la visión de alturas. El perro-hiena, completamente excitado por el placer de la caza, empezó a dar vueltas por el árbol con los ojos clavados en la felina, ladrando incesamente. Tan fija tenía la mirada en la presa que no se percató que tras el árbol había un agujero. Ahí se cayó y como no podía salir, se puso a aullar. La gatita, sintiéndose ya segura, se bajó del árbol y le dijo a mi perrito, que la esperaba abajo:

- Te he ganado.
- Si es que siempre ganas, felina.
- Es que no hay nada como "saber matar dos pájaros de un mismo tiro".
- Sí. No hay nada como saber- Le contestó mi perrito.

Cuando la dueña del pastor se iba a marchar, la desaparición del pastor alemán se hizo evidente. Mi perrito fue entonces donde su dueña a tirarle del pantalón. Ella comprendió enseguida que mi perrito quería indicarle algo y ambas mujeres lo siguieron. Les guió al lugar preciso donde había caído al pastor (faltaría más).

- Jolínes -dijo la dueña de mi perrito- no sabía que había un agujero por aquí. Seguro que han sido los topos. (Imposible, pero como el amor de su dueña por mi perrito era muy ciego, las fechorías eran siempre obra de otros).

Tras mucho trasiego, consiguieron sacar al pastor con la ayuda de varias personas. Al final la dueña del temible perro-hiena, se despidió de mi perrito guapo diciéndole:

- Uy perrito guapo, si no hubiese sido por ti, no sé que hubiese sido de este perro tonto. Sí muy grande y chulo, pero no sabe mirar bien el suelo por donde pisa. Debería aprender de ti....

Yo sonreí. A veces el Cosmos funciona.

Firmado el Angel de la Guarda en prácticas. "

8. Una oscura gatita y un monito muy listo

Un sábado por la mañana, cómodamente tumbada en mi sofá preferido, leí el último relato del angelito:

"Cuando iba a visitar a mi lorito a su jaula del zoo, pasaba todos los días por la morada de una gatita negra que acababa de tener una camada de cachorritos.

Su guarida estaba oculta tras unos arbustos, muy cerca de la piscina de las focas. Perfecto emplazamiento, ya que la gatita sólo tenía que acercarse a la zona donde estaban los cuidadores de los animales marinos, para que le cayeran en el hocico unos trozos de pescado.

Lo que me llamó la atención de esta gatita del zoo, fue que siempre estaba apesadumbrada. Sobre su cabeza había una especie de nubarrón gris que la seguía como su sombra. Al principio, pensé en ocuparme de ella y empecé a seguirla.

Un día, decidí disfrazarme de gatita yo también para conocerla mejor. Con un traje atigrado y unos cuantos miau, miau; la abordé de camino a la pescadería de las focas.

- Hola, gatita. Mi nombre es Coti (de cotilla claro. Pero ella no lo sabía). ¿Qué tal la vida por aquí?
- Horrible, horrible. El pescado cada día es de peor calidad, lo traen de China ¿qué se puede esperar? Mis hijos no tienen futuro por aquí.
- ¿Por qué lo dices?
- Si echas un vistazo a la casa de al lado del zoo, verás que ahí vive una gatita que tiene de todo. Ésa sí que tiene suerte. La odio por eso. No tiene que procurarse el sustento y sus hijos son fuertes y sanos. Yo en cambio tengo un hijo enfermo.
- Pero ella no es libre y sus gatitos serán dados pronto en adopción. Tú puedes criar a los tuyos.
- ¿Tú cómo lo sabes?
- Bueno, no lo sé. Pero los gatos que viven con humanos, no suelen permanecer junto a sus crías.
- ¡Bah! ¡Pamplinas! Ésa siempre tendrá más suerte que yo.
- Muchas veces creemos que la vida de los demás es mucho mejor que la nuestra porque no conocemos realmente a quienes envidiamos. Ten en cuenta, gatita, que siempre que se te concede algo, se te quita otra cosa.
- ¡Bah, sabelotoda! Ahora mismo cambiaba yo "esta mierda de libertad" por vivir como ella , sin tener que luchar cada día por el sustento.

Vaya- pensé- ¡qué negativa! Si ir a la pescadería de las focas, era luchar por el sustento... seguramente yo era Brad Pitt. Me despedí y decidí marcharme. Inmediatamente, fui a observar a su camada de gatitos. Efectivamente, había uno que tenía una pata delantera levemente deformada y cojeaba un poquito. Por lo demás, el minino parecía muy despierto y a pesar de su pequeña invalidez, vi que estaba perfectamente dotado para sobrevivir.

Durante varios días estuve reflexionando sobre la situación de la oscura gatita y concluí que era incapaz de borrarle el nubarrón de la cabeza, porque cada uno es libre de ponérselo o de quitárselo a su elección.

Esta incapacidad para ayudar me frustraba mucho y me hacía sentirme triste y solo. Para animarme me iba, o bien, volando a ver a mi perrito guapo a Madrid, o bien de visita a la jaula de los monos que con sus monerías me hacían reír.

Un día mirando a los monos, descubrí que había uno realmente especial. Era muy listo; siempre llamaba la atención del resto por sus ocurrencias y locuacidad. Gracias a su dominio de las palabras y gran astucia, convencía.

Tras observarlo un breve rato, no obstante, recibí un mensaje cósmico; ya sabéis, lo que en la tierra se llama "una corazonada." Mmmmm -me dije- se parece mucho al hombre....malo, malo.

Como soy muy cotilla, volví varias veces al área de los monos para seguir el curso de los acontecimientos. El espabilado monito, aprovechándose de su natural carisma, había formado un grupúsculo; varios admiradores que lo seguían a todas partes y le aplaudían todas sus gracias.

Siendo de naturaleza aparentemente sociable, hablaba con todo el mundo, al tiempo que sonsacaba información. Descontentos, debilidades, deseos, envidias, esperanzas...todo lo sabía el monito listo. Tanta información tenía, que se hizo imprescindible para el resto de los monos, los cuales siempre que necesitaban algo, acudían a él.

- Monito listo, ¿me he cortado el dedo?, ¿dónde hay que acudir?
- A la enfermería. Yo pegaré un par de chillidos y rápidamente vendrá el cuidador.
- Monito listo, tenemos hambre, no nos dan suficiente comida nuestros cuidadores. ¿Qué hacemos?
- No os preocupéis. Yo solucionaré este problema rápidamente.

Por la noche, junto con un par de ayudantes, iba el monito listo a la despensa donde se guardaban las provisiones y robaba sacos de cacahuetes, que luego escondía tras unas rocas que estaban justo en el centro de la enorme jaula donde vivía toda la manada. De esta manera, todo el mundo podía comer de sobra.

Para robar siempre esperaba al cambio de turno de cuidadores, quienes, al ser nuevos, no llevaban bien la cuenta de los sacos de comida y no se percataban de la falta.

Pronto fue corriendo la voz que el monito listo debía ser el nuevo jefe de la manada y no el viejo mono, que era sabio, pero demasiado honesto y poco practico para gobernar.

Faltaba el golpe maestro, que no tardó en llegar.

Una noche el monito listo robó un saco de cacahuetes sin esperar el cambio de turno y en vez de esconderlos tras las rocas, los puso junto al mono viejo que entonces dormía, como el resto de los monos. Como actuó solo, no habían testigos de la traición. A la mañana siguiente, los cuidadores descubrieron el saco de cacahuetes junto al mono mayor. Para dar una lección a la manada, lo castigaron enjaulándole en una pequeña celda apartada. Los demás monos pensaron que el ex-jefe se merecía el castigo pues había robado sólo para él.

Despejados todos los obstáculos, el joven monito listo se convirtió en el nuevo jefe de la manada y su primera decisión fue que los robos de comida irían a más. Él y sus ayudantes ya no sólo hurtaban las bolsas de cacahuetes, sino que se las ingeniaban para ir a la cocina de los cuidadores y sacar refrescos, hamburguesas, patatas fritas y pizzas. Dado que las sustracciones eran cuidadosamente planificadas y, sólo realizadas sólo durante los cambios de turnos, los cuidadores no advertían las perdidas.

Naturalmente, los monos se ponían las botas comiendo a destajo; saltaban y bailaban de júbilo frecuentemente. Hasta que un día, escuché en la cafetería del zoo una conversación entre dos cuidadores:

- ¿No has notado que los simios están muy gordos?
- Sí. Es verdad. Lo que más me preocupa es que los monitos bebés van pareciendo hipopótamos.
- ¿Cómo puede ser?
- Alguien no debe estar midiendo las dosis de comida que se les dan.
- Tendremos que investigar.

Al igual que había ocurrido con mi lorito feliz, los cuidadores tardaron muy poco en descubrir el percal poniendo cámaras de vídeo por todos los sitios.

Como el problema de la obesidad era muy serio y causaba estragos en la salud de los monos, cerraron la gran jaula y separaron a los simios metiéndoles en pequeñas celdas que impedían que volvieran a actuar en bandas organizadas. Se decidió además ponerlos a todos a una estricta dieta, salvo al mono viejo y sabio, que aunque todavía seguía enjaulado seguía conservando un tipazo de mono joven. Pensé que estaba satisfecho, porque, al menos la última vez que lo vi, pude observar que sonreía.

Firmado Ángel de la Guarda en prácticas"


9. El Cuaderno pasa de manos

Cuando la nueva familia vecina comenzó a vivir en la vivienda recién reformada, toqué a su puerta una tarde domingo casi exactamente un año después de haber encontrado el cuaderno. Apareció el señor Salazar. Nos saludamos como viejos conocidos aunque no nos habíamos visto más que un par de veces.

Me presentó a su mujer. Una señora delgada, de cabellos castaños, ojos cálidos y rostro maternal. Tres chicos varones adolescentes pululaban por la casa ruidosamente. La pareja estaba deseosa de enseñarme cómo había quedado la reforma así que me llevaron de habitación, en habitación, explicándome todos los detalles. Decidí compartir aquél orgullo por la recién estrenada vivienda. Finalmente acabamos en el salón tomándonos un café.

Les comenté que como no les había visto durante casi un año, no había tenido oportunidad de entregarles un cuaderno que había encontrado en el jardín un día de otoño. Lo saqué de mi bolso y se lo entregué a la mujer. Cuando cogía el libro en sus manos, la señora me preguntó:

- ¿No será algo que se dejaron los obreros?
- Pues no lo sé. Habría que preguntarle a la empresa constructora- le contesté.


10. Encajando la última pieza

Hay dos almas dentro de mí.
Una, la que vive angustiada por el futuro y teme a los elementos;
la otra es un alma posterior más evolucionada que acaba de despertarse, llega a ver todas las situaciones globalmente, conoce el futuro,
sabe qué hacer y va buscando cumplir su misión.

La raza humana


Alguien me informó en algún momento anterior al día en que encontré aquel cuaderno (que más tarde denominé "El Manual de Instrucciones") que yo -en un tiempo anterior a mi existencia terrenal- aspiraba a ser ángel. Entonces, se adoptaron en el Cosmos varias decisiones para que yo pudiera conseguir mi meta.

Ese alguien me dijo:

"Mira, Andrea, aquí en el Cosmos todos somos personal cualificado de alto rango, con unas cuantas vidas a cuestas; razón por la cual no empleamos a aficionadas como tú. Debes hacer carrera, Andrea, y ni siquiera sabemos si tienes talento para optar al puesto que solicitas. Es más, pensamos que andas muy verde en casi todos los sentidos. Por eso, la única manera de que formes parte de nuestro equipo -sentimos decírtelo- es mandándote a estudiar a la tierra, con nuestro más reputado maestro, Don Sufrimiento. Y esto es así porque no conocemos a ningún alma que tras ser acunada por la alegría y el alborozo, haya ascendido de categoría aquí en el Cosmos y ni siquiera haya logrado conseguir puesto alguno.

Debes saber que perteneces a una especie que está a medio camino entre el animal y la deidad, pero sois mayoría -en la que tú estás incluida- los que tenéis más alma de animal que de divinidad. No está mal ser animal y es fantástico ser dios; pero ser un poco de ambos es difícil, no sólo por la esquizofrénica situación sino también porque tira de vosotros el gen del Cosmos que anhela que seáis parte de él. Ese aprendizaje Andrea -te lo advertimos- tiene un gran precio y un largo recorrido. La felicidad es vuestra meta, pero en el camino está lleno de púas por una razón muy sencilla: No hay ninguna dicha que se aprecie, ni se desee, si no has conocido antes la desdicha. "

Al principio me rebelé. No podía aceptar que la crueldad de la vida tuviera como fin la mejora. Poco a poco, sin embargo, supe que no podía utilizar tan sólo mis ojos, ni mis oídos para comprender. Debía buscar las respuestas, esas que dicen que están dentro de cada uno. Es sin duda algo complejo y difícil de hacer y, más aún, de entender y explicar. Es algo que sólo se puede sentir con los sentidos del alma.

Finalmente, algunas claves fui cogiendo. Ese fue mi consuelo: a través de un cuaderno que encontré un día casualmente, pude intuir que todo tiene un sentido en esta vida por muy vil que pueda parecer. Aún más, aunque no lo lleguemos a percibir, son nuestras propias decisiones las que nos elevan al Olimpo de los dioses o, nos atascan en la cueva del infierno. Y los toques maestros; esa suerte que a unos parece bendecir y a otros mortificar, igual que la falta y exceso de riquezas, no son más que los peldaños de la misma escalera que, por voluntad propia, a unos conduce al cielo y a otros al abismo. Eso es, señores, todo lo que a veces podemos decidir. Lo demás lo decide el misterio (también llamado destino).

De cualquier forma, sabréis que al final de mi relato todas las piezas encajaron para mi. Pero éste es sólo mi pequeño puzzle y mi historia, que inventé y escribí para que sirva de Manual de Instrucciones para quienes deseen componer sus propios rompecabezas e historias. Un beso enorme a todos y mucha suerte en la dura tarea de sobrevivir.

-FIN-
Andrea Recol