5. La Gran Batalla
LA ASOMBROSA VIDA DE LA ABEJA ABI GONZÁLEZ (DE LA SERIE "CUENTOS EN INCUBACIÓN") Para ir al capítulo 1, pincha aquí
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La Reina en la colmena observó que ya practicamente no habían abejas obreras para mandarlas a buscar a los escuadrones perdidos. Tuvo entonces que tomar una difícil decisión; salir ella misma a buscarlas.
Las pocas abejas que quedaban en la colmena se sintieron angustiadas al ver salir a su Reina. Temían el desorden y el caos que se desencadena en las colmenas tras el abandono de la Reina.
La Reina voló dirección sur, siguiendo las corrientes de aire y su instinto. Se mantuvo volando a baja altura para poder escudriñar desde el aire todas las flores de Hierbo Verdo.
De pronto llegó hasta sus oídos un zumbido estremecedor. Una concentración de abejas rondaba los aledaños de unas flores rosas que estaban junto a unos matorrales. Sin dudar, la Reina ralentizó el vuelo y se quedó en suspenso en el aire, como un totem, justo enfrente del enjambre. La visión del cuerpo alargado de la Reina que hacía sombra sobre las multitudes, hizo estremecer a las abejas obreras. A la sorpresa, le siguió una clara orden.
- ¡Tropas, a la colmena! La que no obedezca será decapitada.
Hubo unos segundos de oscuro silencio; ese silencio extraño que turba los sentidos y da paso al más grande de los gritos: el grito del corazón. De pronto el enjambre de abejas obreras comenzó a dividirse en dos; el que quería seguir a la Reina y el que quería permanecer junto a Abi. Ambos bandos contaban practicamente con el mismo número de miembros.
Las partidarias de la Reina, rodearon a ésta bajando las cabecillas en señal de pleitesía. El otro grupo, permaneció volando sobre las flores rosas, sin que Abi asumiera al principio ningún rol de mando frente a ellas.
- ¡Centinelas, a por ellas!- Ordenó la Reina a sus partidarias.
Y así fue como empezó una cruda batalla entre abejas hermanas. Abi ya no tenía escapatoria; por tanto hizo lo que su instinto le indicaba: defenderse. Rápidamente, dio a entender a las suyas que debían intentar salvar sus vidas y que no había otra forma de hacerlo que luchando contra las agresoras.
Dado que esta era una guerra de poderes, no había más estrategia que el cuerpo a cuerpo, la pasión contra la pasión, el insecto contra el insecto, la vida contra la muerte y la muerte contra la vida. Había, no obstante, un detalle curioso; si alguien hubiese observado a los bandos desde las alturas, se hubiese percatado que cada bando se distinguía por sus colores. Las partidarias de la Reina, parecían ser hijas de un padre-zángano rubicundo porque tenían manchitas más amarillas-tostadas. Las partidarias de Abi, en cambio, tenían unas pintitas marrones que las identificaba como hijas de un zángano castaño. Sin embargo, al ser todas hijas de la misma Reina el tono de fondo de todas ella, era amarillo anaranjado.
El espiral de violencia fue creciendo y el ensañamiento de un grupo contra otro iba siendo cada vez más sofisticado: desgarramiento de alas y patas; aguijoneos en zonas vitales; destrozo de ojos, torturas.
Paradójicamente, cada vez que una abeja hería con su aguijón a una hermana, se le iba también la vida. Extrañamente también, cuando Abi obedeció su impulso de picar antes de sucumbir, cayó en la cuenta de que carecía de aguijón; razón por la cual se vio obligada a dirigir a los batallones en vez de luchar cuerpo a cuerpo.
Tras unas horas de enfrentamiento, el resultado fue una gran masacre, los cuerpos de las abejas muertas en la batalla se apilaban sobre la hierba; las plantas, las flores; todo Hierbo Verbo se cubrió de dolor y muerte. Y, de pronto, como si el cielo estuviese en consonancia con lo que estaba acaeciendo en la tierra, se desató una tormenta eléctrica que impidió que la gran batalla continuara. La Reina tuvo forzosamente que volver a la colmena con sus esquilmadas tropas y Abi y sus seguidoras decidieron resguardarse de la lluvia en el hueco de un árbol.
Un par de horas después la tormenta cedió, pero el cielo seguía encapotado, como a la espera de llorar otra vez. Se hicieron recuentos en ambos bandos; las perdidas sumaban en total unas mil abejas muertas y unas doscientas heridas. En los días siguientes a la tregua; se celebraron ritos funerarios para honrar a las muertas y las abejas sanas se ocuparon de curar a las heridas.
La recién llegada paz, no obstante, no parecía alegrar a nadie. Un pesado manto de tristeza envolvía a Hierbo Verdo. Era una señal lóbrega y lacerante en el interior de cada una de las sobrevivientes; la sensación de la muerte y desolación que ennegrecía sus alas y su vuelo y que las hacía sentirse más estériles que nunca.
Tras la tregua también llegó el hambre. Afortunadamente, Hierbo Verdo era un emplazamiento bendecido por la abundancia de flores, y las abejas de ambos bandos no tuvieron problemas en alimentarse dentro de sus respectivas zonas de dominio. Sí, Hierbo Verdo se había dividido en dos.©2006 Andrea Recol
(Continuará...)
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La Reina en la colmena observó que ya practicamente no habían abejas obreras para mandarlas a buscar a los escuadrones perdidos. Tuvo entonces que tomar una difícil decisión; salir ella misma a buscarlas. Las pocas abejas que quedaban en la colmena se sintieron angustiadas al ver salir a su Reina. Temían el desorden y el caos que se desencadena en las colmenas tras el abandono de la Reina.
La Reina voló dirección sur, siguiendo las corrientes de aire y su instinto. Se mantuvo volando a baja altura para poder escudriñar desde el aire todas las flores de Hierbo Verdo.
De pronto llegó hasta sus oídos un zumbido estremecedor. Una concentración de abejas rondaba los aledaños de unas flores rosas que estaban junto a unos matorrales. Sin dudar, la Reina ralentizó el vuelo y se quedó en suspenso en el aire, como un totem, justo enfrente del enjambre. La visión del cuerpo alargado de la Reina que hacía sombra sobre las multitudes, hizo estremecer a las abejas obreras. A la sorpresa, le siguió una clara orden.
- ¡Tropas, a la colmena! La que no obedezca será decapitada.
Hubo unos segundos de oscuro silencio; ese silencio extraño que turba los sentidos y da paso al más grande de los gritos: el grito del corazón. De pronto el enjambre de abejas obreras comenzó a dividirse en dos; el que quería seguir a la Reina y el que quería permanecer junto a Abi. Ambos bandos contaban practicamente con el mismo número de miembros.
Las partidarias de la Reina, rodearon a ésta bajando las cabecillas en señal de pleitesía. El otro grupo, permaneció volando sobre las flores rosas, sin que Abi asumiera al principio ningún rol de mando frente a ellas.
- ¡Centinelas, a por ellas!- Ordenó la Reina a sus partidarias.
Y así fue como empezó una cruda batalla entre abejas hermanas. Abi ya no tenía escapatoria; por tanto hizo lo que su instinto le indicaba: defenderse. Rápidamente, dio a entender a las suyas que debían intentar salvar sus vidas y que no había otra forma de hacerlo que luchando contra las agresoras.
Dado que esta era una guerra de poderes, no había más estrategia que el cuerpo a cuerpo, la pasión contra la pasión, el insecto contra el insecto, la vida contra la muerte y la muerte contra la vida. Había, no obstante, un detalle curioso; si alguien hubiese observado a los bandos desde las alturas, se hubiese percatado que cada bando se distinguía por sus colores. Las partidarias de la Reina, parecían ser hijas de un padre-zángano rubicundo porque tenían manchitas más amarillas-tostadas. Las partidarias de Abi, en cambio, tenían unas pintitas marrones que las identificaba como hijas de un zángano castaño. Sin embargo, al ser todas hijas de la misma Reina el tono de fondo de todas ella, era amarillo anaranjado.
El espiral de violencia fue creciendo y el ensañamiento de un grupo contra otro iba siendo cada vez más sofisticado: desgarramiento de alas y patas; aguijoneos en zonas vitales; destrozo de ojos, torturas.
Paradójicamente, cada vez que una abeja hería con su aguijón a una hermana, se le iba también la vida. Extrañamente también, cuando Abi obedeció su impulso de picar antes de sucumbir, cayó en la cuenta de que carecía de aguijón; razón por la cual se vio obligada a dirigir a los batallones en vez de luchar cuerpo a cuerpo.

Tras unas horas de enfrentamiento, el resultado fue una gran masacre, los cuerpos de las abejas muertas en la batalla se apilaban sobre la hierba; las plantas, las flores; todo Hierbo Verbo se cubrió de dolor y muerte. Y, de pronto, como si el cielo estuviese en consonancia con lo que estaba acaeciendo en la tierra, se desató una tormenta eléctrica que impidió que la gran batalla continuara. La Reina tuvo forzosamente que volver a la colmena con sus esquilmadas tropas y Abi y sus seguidoras decidieron resguardarse de la lluvia en el hueco de un árbol.
Un par de horas después la tormenta cedió, pero el cielo seguía encapotado, como a la espera de llorar otra vez. Se hicieron recuentos en ambos bandos; las perdidas sumaban en total unas mil abejas muertas y unas doscientas heridas. En los días siguientes a la tregua; se celebraron ritos funerarios para honrar a las muertas y las abejas sanas se ocuparon de curar a las heridas.
La recién llegada paz, no obstante, no parecía alegrar a nadie. Un pesado manto de tristeza envolvía a Hierbo Verdo. Era una señal lóbrega y lacerante en el interior de cada una de las sobrevivientes; la sensación de la muerte y desolación que ennegrecía sus alas y su vuelo y que las hacía sentirse más estériles que nunca.
Tras la tregua también llegó el hambre. Afortunadamente, Hierbo Verdo era un emplazamiento bendecido por la abundancia de flores, y las abejas de ambos bandos no tuvieron problemas en alimentarse dentro de sus respectivas zonas de dominio. Sí, Hierbo Verdo se había dividido en dos.©2006 Andrea Recol
(Continuará...)





